Literatura

Sylvia Plath, Antología poética, Navona, Barcelona, 2018, 173 pp.


Margarita Muñoz

Leer a Sylvia Plath nunca es cómodo. Nunca es fácil, en absoluto apacible. Esta vez me enfrento a una nueva edición bilingüe, publicada por Navona y traducida por Raquel Lanseros, de esa Antología Poética que reúne lo que Ted Hughes, quien atormentó a la poeta hasta lo que intuimos la extenuación, consideró digno de ser recopilado. Los poemas que se suceden, página tras página, entre la portada y la contraportada, cubiertas de tela verde agua, de ese tono de verde que adopta el mar cuando el día está gris y tormentoso, ya los había leído antes en diversos libros y en muy diferentes edades.

Es por ello que, no sin esa absurda soberbia que adopta una cuando se enfrenta de nuevo a lo ya conocido, abrí por vez primera el ejemplar confiando encontrar, bajo un aspecto diferente (el color del papel, la tipografía, la paginación; la distribución gráfica de los versos importa porque marca el ritmo de la lectura), sensaciones ya experimentadas. Me sentía perfectamente preparada para afrontar el azote de la ola poética de Plath. Me veía a mí misma adecuadamente equipada para capear el irredento temporal que son estos poemas ya familiares, ya utilizados previamente para ordenar la realidad a través de la compleja mirada plathiana.

Sin embargo, hay que reconocer que ninguna relectura de la obra de Sylvia Plath te prepara para la siguiente. Cada una de ellas te golpea con esa cruenta dicotomía entre el desagrado profundo y los destellos de luz alrededor de los cuales se vertebra la devastadora poesía de Plath. Existe, porque ella la crea, una tensión permanente entre el dolor de estar viva y la privilegiada capacidad de percepción de la belleza que, en sus poemas, aparece siempre en ráfagas fugaces y fragmentadas, como resplandores inasibles, como si se le escaparan, como si fueran incapaces de arraigar en un universo literario profundamente oscuro, terriblemente hiriente.

Si esta dicotomía se refleja en sus poemas es porque ella misma la contiene. A nadie se le escapa el inestable historial psiquiátrico de Sylvia, y este abre siempre debate sobre los límites entre la enfermedad y la hipersensibilidad y la incomprensión, entre la crudeza del suicidio y el ansia consciente y razonada de libertad. Pero es evidente que, en esta literatura que nos ocupa, existe una prodigiosa proyección de ese frágil equilibrio interno que mantiene a la poeta entre la vida que florece puntualmente, hermosa pero superflua, y el trasfondo alfombrado de la muerte, la pulsión constante que prevalece, al final, sobre cualquier intento de cualquier forma de vida, de penetrar en ese denso precepto previo a todo.

 

‘Love, love,

I have hung our cave with roses,

With soft rugs -’

 

dice Sylvia en el poema “Nick and the candlestick”, transcribiendo con abrumadora lucidez esa mencionada dualidad freudiana, esa tensión entre contrarios excluyentes como son la vida y la muerte. No obstante, siempre, y también aquí en estos versos, pesa como el plomo la persistente presencia de esta última sobre la comodidad vana de lo agradable. Aun cubierta de rosas y de alfombras suaves, la cueva es, al fin y al cabo, una cueva.

De cualquier manera, además de esa constante sucesión de terrores hiperdescriptivos, fisiológicos (‘The sea cannons into their ear, but they don’t budge / Other rocks hide their grudges under the water’), aliviados por imágenes de una organicidad arrebatadora y de una periodicidad rítmica y precisa como los latidos de un corazón (‘The cliffs are edged with trefoils, stars and bells’) que se da en algunos de los poemas; aparte del equilibrio sostenido entre ambos tipos de elemento, como en este recién citado “Finisterre”, encontramos en este poemario dos extremos que, por no existir en un mismo poema ese alivio que uno proporciona sobre el otro, resultan abrumadores, casi asfixiantes en su hegemonía.

Un extremo es el de la oscuridad sin matices. Hay poemas de una tristeza y un dolor tan profundos que son capaces de enfrentarte en absoluta indefensión al propio meditar sobre la muerte omnipresente. Hablo de algunos como “Night shift”, “Medallion” o “Lesbos”, este último de los más duros de la Antología y donde la autora revierte la belleza que convencionalmente existe en elementos como los gatos o los niños para transfigurarlos en integrantes de un bestiario adulterado y putrefacto.

Pero siempre amanece, aunque sea de manera anecdótica o muy atada a unas circunstancias determinadas, en la densa poesía de Plath, así que existe otro extremo, que es el de la luz tibia, nunca incandescente, que se deshace despacio en estertores porque no es nunca continua. Coinciden estos suaves resplandores con poemas que versan, por ejemplo, sobre la promesa limpia y nueva que es su hija aún no nata (“You’re” o “Morning song”), donde el tono y las imágenes poéticas se dulcifican y ofrecen un auténtico respiro, como si te soltaran el cuello, como si sacaras del agua la cabeza, o, también, poemas sobre su estancia en el hospital y su experiencia con los electroshocks, donde la paz que los versos desprenden como un aroma es siniestra, y donde la transparencia radical, el relato directo de lo acontecido, sin el velo lírico de la poetización, es irritante por la insoportable calma transmitida, reconociéndose en ellos cómo la práctica médica a la que ha sido sometida ha apagado la apasionada fuerza sensible y destructiva de la poeta (“Tulips”) dejándola en una especie de lugar brumoso y absurdo que amortigua su potencia y su furia.

Dentro de este extremo templado, Sylvia parece encontrar también breves fulgores, nunca brillantes, pero sí trémulamente llameantes en el propio concepto, complejo en su poesía, del amor. Distintas definiciones poéticas del término se suceden a lo largo de las páginas para que el lector encuentre, como perlas suaves entre las zarzas, los versos que siguen:

 

Is this love then, this red material” (“An appearance”)

Love is a shadow” (“Elm”)

 

y el bellísimo y rotundo

 

Love, love, my season” (“The Couriers”)

 

Y volvemos así al principio de todo, a la matriz, porque ambos extremos, ambos contrarios, se encuentran contenidos en la sofisticada identidad poética de Plath, desarrollada por la autora en torno a sorprendentes arrebatos de autoafirmación, de confirmación de la existencia propia, de la vida propia, que la hacen reiterar: “I am, I am, I am.” Es tal el contradictorio anhelo de mostrar que existe, que vive, que es, que en el verso “I am guilty of anything”, del poema “Little Fugue” parece no ser capaz de establecer la negación tras el I am, es decir, de negarse a ella misma en el verbo más básico de la existencia.

Y más allá de su propio ser, Sylvia acumula y recoge muchas otras existencias, una identidad ramificada y plural dentro de la que se identifica con múltiples entes, tales como el mar (“Is it the sea you hear in me”) o la flecha (“And I / Am the arrow.”), e, incluso, con sensaciones casi abstractas de subjetivas como en los versos “And now I / Foam to wheat, a glitter of seas. / The child’s cry”, incorporándolas todas a sí misma y convirtiéndose así en una creatura absoluta, total, que lo contiene todo. Ella es su propio universo. Por eso, me gusta pensar que el suicidio no es más que un trágico intento de, ante la imposibilidad material de ser aquello que literariamente es por ejercicio de la voluntad poética (la flor, el animal, la carne), fundirse con el todo para ser una con él, para ser ella todo también.

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