Literatura

Tedi López Mills, Amigo del perro cojo, Almadía, México, 2014, 153 pp.


Daniela Gutiérrez Flores

Una idea permea Amigo del perro cojo de principio a fin: la otredad. Entendida en distintos niveles y manifiesta en distintas formas, la noción de lo otro es lo que da cohesión a los disímiles poemas del nuevo libro de Tedi López Mills. Concebidos como diálogo, los textos que lo componen desafían los lugares comunes de la poesía intimista, personalista y romántica al poner el foco ya no en el yo poético, sino en la tensión que existe con aquello que está fuera del poeta. De ahí que el título del libro sea el nombre del personaje a quien se dirige la voz a lo largo de todo el texto. A la autora no le interesa la poesía que se encierra en sí misma o que pugna por la riqueza lírica del yo: le interesa lo que el otro dice sobre nosotros mismos.

     Amigo del perro cojo no es narrativo de la misma forma en que lo es Muerte en la Rúa Augusta: el libro no tiene una trama que unifique a los poemas y tampoco los personajes están definidos. Los cuatro apartados que lo componen —Miceláneo, Cuaderno de las alucinaciones, Diario de un viaje, Scrapbook de un viaje imaginario a Estambul/Ankara/Capadocia y Democracia— no son entregas de un mismo poema. La misma figura del escucha no es fija, pues su constitución no responde a funciones narrativas, sino al telón de fondo. El amigo del perro cojo se multiplica en un efecto dominó a lo largo de los poemas: vemos que es al mismo tiempo testigo, juez, cómplice, amigo y enemigo. Escribe Tedi: “mi amigo no es individuo sino gente”. Su encuentro con él no solo es, como pudiera pensarse al inicio o como pudiera sugerir una lectura perezosa, el encuentro con un personaje concreto; es el choque con todo aquello que está afuera de sí misma. En otro momento del libro encontramos los siguientes versos: “… es tonto el tropo del perro cojo / pues qué sigue, / pero no es tropo ni perro / simple de la pata tiesa / con mi amigo / sino escolta o cadena o refugio”. El perro no es personaje ni símbolo, sino representación del nexo con la otredad (escolta, cadena y refugio): nos recuerda que se es únicamente en contraposición, a pesar de y gracias al otro. El poema surge a partir de la colisión; sin lo otro, el poema no es.

      La dialéctica yo-otro no es nueva en la obra de López Mills: en Muerte en la Rúa Augusta el señor Gordon se desdobla en Anónimo; en el Libro de las explicaciones éste es el problema central que atormenta a la Tedi adolescente. Para López Mills, el yo siempre está en fragmentación, dividiéndose en otras versiones de sí mismo. Tal vez el apartado que mejor refleja esta idea sea Cuaderno de las alucinaciones. A manera de apuntes en un diario, los poemas oscilan entre la concreción de la realidad y los fantasmas del mundo interior. (Probablemente este ir y venir entre mundos representados por lenguajes tan dispares haga que este apartado sea el más difícil para el lector). Lo onírico es el territorio donde se difuminan los límites del yo y surge su versión caleidoscópica, donde el yo ya no corresponde a sí mismo. Aquí, los poemas están marcados por la presencia de Ella, desdoblamiento de la voz y fantasma que la persigue, pues su existencia le espeta la verdad: yo no es un individuo. “¿Por qué yo o Ella somos uno?”, se pregunta la voz poética. “Ella todavía no es yo, / por sensatez”, leemos en el Día 1. Coexisten sin llegar a ser juntas. Los versos en este apartado son oscuros,  de imágenes inesperadas. No podía ser de otra forma. Esta es precisamente la naturaleza del problema: la no correspondencia entre el mundo del yo y el mundo de afuera; la imposibilidad de expresar la realidad movediza con las palabras de siempre. Pronto la idea de la individualidad se revela como un artificio: “sé real, me ordena / una mayoría pero no sé / cómo se empieza”.

      No quisiera que el lector de estos apuntes se quede con la idea de una poesía conceptista, duramente filosófica o críptica (no voy tampoco a decir lo contrario: leer a Tedi impone sus retos, de los cuales me ocuparé más adelante). En Amigo del perro cojo encontramos la proyección de lo otro en la realidad, en experiencias vitales. La primera de ellas: el viaje. La imagen ofrece una representación más clara y precisa que cualquier intento de conceptualización de la idea. Me refiero a lo siguiente: una persona viaja hacia lo desconocido, sus costumbres habituales se ven suspendidas por la duración del viaje; ese mundo ajeno le despierta una conciencia de que todo lo vivido será recordado, una urgencia por hacer todo memorable; lo que el cliché sugiere —el viaje libera las amarras— no sucede; en cambio, se percata de que está incómodamente inmerso en una realidad  fantasma que solo existirá por fuerza de la nostalgia. De modo que al viajar, el individuo se encuentra a solas consigo mismo. Anuladas sus circunstancias, queda al desnudo la mente, la memoria, el yo: “en el famoso / poema / se dice / que el agua / es “una jaula limpia / para los peces invisibles”; / en el mío / la jaula soy yo / con un espejo”. El viajero camina torpemente con guía en mano e intenta seguir los consejos de “los expertos” para hacer de su viaje digno del recuerdo. Carga también con una caja de reliquias, símbolo que lo ata a ese mundo que ha dejado en casa, que le impide irse por completo hacia lo desconocido. En el Diario de un viaje encontramos apuntes para cada una de las visitas (Ámsterdam, París, Auxerre) a manera de deberes o propósitos, ofrecidos como una suerte de clave de interpretación para consultar al regreso. “La paz del taxista será la paz del espíritu” o “Contaré el cuento de mis canales / Y de las numerosas soluciones que descubrí”, escribe en el diario la voz. Cuando la anodina realidad del viaje se interpone, se revelan dos viajes: el verdadero —repleto de esperas y tiempos indignos de un relato posterior— y el imaginario —fabricado por la memoria—. Así habla la voz: “Desde la ventana del avión las aguas se traslapan; cuando revise mis mapas retroactivos con su parábola de las aguas sabré cómo colocar cada pieza y qué nombre le toca a cada una debajo del peso de las otras. Ya en la superficie las iré cosiendo como si fueran cueros de animales remotos y caminaremos encima tú y yo con el perro cojo trotando”. Solo al regreso las aguas movedizas se volverán cueros estables por el que el yo podrá transitar en compañía del otro. Si, entonces, en el viaje real el yo tenía un pie en el futuro —en una reunión de amigos en que se cuenta lo sucedido, digamos— entonces el yo no era, del todo, en el momento del viaje. Esto le produce a la voz una molestia hormigueante: “No anoté nada para este trecho del viaje. Amigo del perro cojo no me ha enseñado a esperar. Cuando aterrice inventaré alguna estrategia para no recurrir a la vida interior. Monótona porque no se escabulle. El mundo debe existir sin la introspección, o no hay remedio”. Lo que el choque con lo otro sugiere es que la realidad no existe más que en el mundo interior y que el viaje, frágil y esquivo, es también ilusorio en retrospectiva: “el mundo en la cabeza / es más resistente / que el externo / rememorado después / en la jaula de mi espejo”. Frente a la experiencia de lo otro, la voz es presa de sí misma. En este panorama doloroso en que la realidad del exterior se desvanece y el yo se sume en la jaula de su soledad interior, pareciera que la idea de la comunión con lo otro es imposible. Nos topamos, sin embargo, con los siguientes versos: “Míranos: / tú y yo de regreso / en la casa sin ninguno / de los tiempos mutilados. / Se llama amor / en algunos libros / venir de vuelta / con las partes / de las dos personas / reunidas en una sola / que se consume / sin modificar / la unidad de cada una, / lo cual perturba a los tradicionalistas / no soy yo sino tú eres yo sino el día es hoy / largamente corporalmente”. Los huecos que ha dejado el encuentro con lo otro se redimen al encontrarse con el otro, pues descubrimos un atisbo de esperanza: la posibilidad de compartir, aunque sea de manera ínfima, el mundo interior.

      La segunda experiencia que logra concretar la relación yo-otro es el activismo político, presente en muchos de los poemas. Concientizarse acerca de la realidad política es reconocer la existencia de los otros y el lugar del yo en esa multitud, en esa “red / entre una conciencia ajena / y la otra propia”. Sin embargo, el activismo es una forma del yo para perderse en la masa y adoptarla, multiplicándose: “un tambor en la plaza / anuncia / las versiones / de las personas / del pueblo”. El yo se diluye en los otros. La mirada de la poeta es, en este aspecto, sumamente crítica e irónica. Entre versos surgen las preguntas: ¿es la relación con lo otro lo que despierta la solidaridad, la protesta, la denuncia? ¿Es legítimo ese vínculo? ¿O es, más bien, una forma del yo de afirmarse a sí mismo frente a los otros, y no con ellos? El amigo del perro cojo refleja, por momentos, el origen de estas interrogantes. Leemos que “La mística de las causas no la entiende / mi amigo del perro cojo, aunque / me explica que le interesan las causas”. Ya en la conmoción de la marcha, el amigo “se imagina conmovido, lastimado por la causa, / alrededor las personas admirando su entrega”. Pero hay una suerte de naturaleza irrealizable en este proyecto. El anhelo democrático tiene, entonces, un velo de artificio, de ilusión ingenua. ¿Cuál es, en términos de estos poemas, esta ilusión? Es, creo, el sueño de fundir la colectividad con el individuo, de identificarse con la masa, de ser todos los otros sin dejar de ser yo. Detengámonos, con esta idea en mente, en  estos misteriosos versos: “Quiero sentirte niña hermosa clavada / Verticalmente en la democracia / de mi persona cuando le pongo sus adornos / cuando grito Yo somos ustedes a los que me oyen”. Ya había mencionado que la única posibilidad de la comunión la encontramos en la unión amorosa. Aquí, el deseo por la niña —símbolo de ingenuidad, de belleza efímera— es el deseo por el otro —por la mayoría que sustenta el andamio democrático—. La utopía de la comunión se nos revela desarticulada en el último verso: “yo somos ustedes”.

      Al planteamiento de esta tensión entre el yo y la realidad política, la autora agrega un elemento: el ejercicio poético. En el seno de este problema está la gastada pregunta: ¿cuál es el deber del poeta? A Tedi le interesa reflexionar sobre cuál no es su deber. En Notas desde un festival de poesía para mi amigo del perro cojo, la poeta se encuentra rodeada de colegas que se preguntan, ante la violenta y fracturada realidad, “qué va a hacer la poesía”. “La poesía debe hacerse cargo”, sugieren. Los poetas que acuden al festival leen poemas que “tienen la textura real / de naciones en fragmentos” o sobre “desiertos simultáneos con tropas invasoras” y el público aplaude, conmocionado. Ella, por el otro lado, lee un poema que no tiene la misma acogida: “propongo mi tripa de gato / sin efecto alguno”. La voz transita con una mirada de suspicacia, sutilmente irónica incluso respecto a sí misma —su poema de la tripa de gato está muy lejos de la sublimidad y de la  seriedad de los poemas comprometidos—. Sus colegas, en cambio, hacen de la poesía una forma de fe: “un joven con su vaso de cerveza / me describe los conflictos modernos, / los poemas son fuentes de energía, / afirma, amigo del perro cojo”. Tedi advierte un peligro en el núcleo de esta fe, de la cual se aparta: “mañana me iré, / amigo, de esta parte / donde los poetas seguirán / haciendo viajes / tierra adentro / con sus poemas / para la gente”. ¿Se escribe poesía para la gente? Si este es el presupuesto del poeta comprometido, ¿no será, entonces, que esta poesía responde esencialmente al aplauso moral, a una especie de redención falaz frente a la realidad? La contraparte de esta dialéctica —el lector o escucha, en el caso de un festival— es también presa de este peligro, pues se congratula por las posturas de su propia virtud moral al escuchar estos poemas. En este contexto, el poema en sí ya no interesa, sino únicamente su efecto. En el fondo, creo que lo que leemos es que escribir sobre la realidad política no hace al poeta ni mejor persona ni mejor poeta. Preguntémenos entonces: ¿la poesía ‘comprometida’ es la única forma para relacionarse con el dolor de la realidad? ¿No va esta fe en detrimento de la poesía misma? Tedi defiende—a través del diálogo con el otro, no del monólogo dogmático— la poesía sobre “la tripa de un gato” o el lirismo que se tilda de “abusivo” en el apartado Democracia. Descubrimos lo que tememos decir en voz alta en tiempos de crisis: la poesía no nos salva de nada. No hay aquí poemas sobre fosas anónimas o cuerpos descabezados, sí hay una reflexión pertinente y aguda sobre el estado de la literatura que está inserta en una realidad como la de México. Amigo del perro cojo aparece en medio de un tumulto político intenso y no creo que sea fácil —tampoco inútil ni necio— defender esta postura.

      La poesía de López Mills, ya se ha dicho, es atípica dentro de la tradición de la poesía mexicana. Rehúye al enaltecimiento de las emociones, a la grandilocuencia, a la musicalidad y al lirismo. Apuesta, en cambio, por una poesía sin excesos, con una carga intelectual exigente, frecuentemente narrativa. En lo que respecta a este libro, su estilo también se aleja del lenguaje sobrecagrado y es, en cambio, sencillo. Esta sencillez nunca significa transparencia. Tedi no descansa en la metáfora ni en la imagen embellecida. Su estilo es complicado porque se apoya en ideas, no en retórica vacua. Amigo del perro cojo concluye con el verso “Y esto, ¿cómo termina?”. La última de tantas interrogantes sobre el ejercicio poético planteadas al lector nos hace cuestionarnos directamente sobre el texto que acabamos de leer. El diálogo yo-otro, sostenido en tantas aristas a lo largo del libro, ha saltado de la página hacia nosotros. Nosotros somos el otro frente al que conversa el libro.

 

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