Literatura

Alfonso Reyes, Alfonso Reyes, “un hijo menor de la palabra”, Fondo de Cultura Económica , México, 2015, 910 pp.


Pablo Sol Mora

Bueno, lo que necesitaba la literatura mexicana: otra antología de Alfonso Reyes. En 2008, en una útil “Guía de navegación” de las antologías regias, Adolfo Castañón registraba más de sesenta. Hay de todo, generales (como ésta) y particulares: Reyes ensayista, Reyes poeta,  Reyes cuentista, Reyes periodista, Reyes educador, Reyes crítico de cine, Reyes y América (y México, y España), Reyes y la teoría literaria, Reyes y la cocina, y –cómo no–  Alfonso Reyes para niños… El escritor regiomontano es, seguramente, el autor más antologado de las letras mexicanas. Una de las razones principales es ya un lugar común: al no tener un libro representativo (un Pedro Páramo, un Ulises criollo) y siendo autor de una obra colosal (más de treinta volúmenes, incluyendo el Diario), es el objeto ideal de las antologías. No está mal: a Reyes se llega generalmente a través de una selección para después, si la cosa va en serio, pasar a los tomos de las obras completas (y no a todos necesariamente, claro está), que de entrada pueden resultar intimidantes. En este sentido, cualquier antología que haga que un lector descubra la galaxia Reyes y luego se adentre por su cuenta en ella se justifica, aunque después haya que juzgarla con otros criterios, naturalmente. Más interesante, entonces, que preguntarse por qué tantas antologías sería cuestionarse por qué ninguna logra convertirse del todo en la antología (para mí, la mejor, la más legible, la más manejable, la que realmente es tal y no una mera acumulación de textos, sigue siendo la de José Luis Martínez, con varias ediciones); por qué se tiene la impresión de que Reyes nunca está del todo ahí, que su esencia escapa a todo intento de fijarla en una compilación. Y más interesante aún es una serie de interrogantes ineludible a la hora de publicarse una nueva: ¿qué lugar ocupa Reyes, hoy, en la literatura mexicana?, ¿es una presencia viva?, ¿qué futuro le aguarda?

       Hace pocos años, Hugo Hiriart planteó abiertamente la pregunta incómoda en El arte de perdurar: ¿por qué Reyes no alcanzó la perduración literaria que su talento hacía esperar?, ¿por qué no es universalmente famoso? Y, para contrastarlo, eligió el ejemplo de Borges (contraste del que, por lo demás, la mayoría de los escritores modernos de lengua española saldría mal parada). Ensaya varias respuestas y la primera, ya aludida, parece innegable: el genio de Reyes está disperso en múltiples textos y no concentrado en un libro específico. Otros argumentos son más discutibles, por ejemplo, que su estilo claro y racional era poco flexible, “no sabe transmitir la oscuridad del misterio, en él todo es igualmente luminoso y coherente”, pues ser un genio solar, meridiano (como lo son, superlativamente, Cervantes o Montaigne, miembros de la familia espiritual de Reyes) no impide la obra maestra ni la trascendencia. Por otra parte, Hiriart proporciona la clave de la limitada perduración de Reyes (pero perduración al fin; adelanto que estoy convencido de que Reyes perdurará, e Hiriart también lo está, en cierto modo, si bien esa perduración es mucho menos espectacular de lo que parecía), el refinamiento, al que volveré: “lo que no está al alcance de todos, lo que tiene dificultad de ser apreciado… El refinamiento tiene el defecto de ser siempre, de un modo u otro, aristocratizante. El arte de Reyes es refinamiento esteticista”. Pero, ¿es realmente un defecto?

     Y, a propósito de Borges, sabida es la admiración pública que le profesaba al mexicano (“Reyes, la minuciosa providencia / que administra lo pródigo y lo parco / nos dio a los unos el sector o el arco / pero a ti la total circunferencia”); un poco menos los comentarios que se permitía en privado, sacados a la luz en el monumental Borges de Bioy Casares. Haría falta mucha hipocresía para escandalizarse: queremos y admiramos sinceramente a nuestros amigos y maestros, y eso no nos impide criticarlos en confianza (y quien lo dude, échele un vistazo a los epistolarios del propio Reyes). Como de costumbre, Borges va directo al blanco y sus comentarios iluminan la problemática posteridad de Reyes. Con motivo de la aparición de Marginalia: “me pregunto si el título de la obra de Reyes no podía ser Tiras y pelusas. ¿Para qué escribe todo esto? Y si lo escribió, ¿para qué lo publica?… ¿Hemos creído que escribía bien? ¿Lo hemos propuesto para el Premio Nobel? ¿Estaríamos locos? Bueno, quizá todo autor, leído con cuidado, revela su imbecilidad. Nosotros revelamos nuestra imbecilidad”. Tiras y pelusas. Difícilmente se podría ser más brutal… y más exacto, porque, seamos francos, varios libros de las obras completas son, en efecto, tiras y pelusas. Si en lugar de la treintena de volúmenes, fueran diez, la obra conjunta sería mejor: más sólida, más depurada, más duradera. Reyes es un ejemplo dramático de un escritor formalmente virtuoso al que (como apunta Hiriart) su propio virtuosismo acaba perjudicando: escribe demasiado, sobre cualquier cosa, se dispersa y con cada texto banal su estatura, en vez de crecer, disminuye. Borges era clara y lapidariamente consciente de la miseria y la grandeza de Reyes: “si uno abre al azar un libro de Reyes, probablemente caerá sobre algo insignificante: por un buen momento tiene muchos momentos de bobería. Pero todo está bien escrito”.

    Reyes, salvo la novela, no dejó género sin practicar, pero es ante todo un ensayista. Su poesía es amable, pero menor, como puede comprobar cualquiera leyendo la sección correspondiente en esta antología (con la notabilísima excepción de Ifigenia cruel, obra maestra en la que, a diferencia de tantos falsos clasicismos, logró sintetizar el mito y la tragedia con su propia vida, pero en una forma, el poema dramático de inspiración clásica, que inexorablemente se aleja de la sensibilidad moderna); no profundizó en su narrativa breve, en la que alcanzó cimas como “La cena”, que contiene ya toda Aura (por cierto, resulta inexplicable que en el apartado “Ficciones” figure junto a ella un texto como “Silueta del indio Jesús”, que muestra al Reyes folklórico y pintoresco más envejecido, o “El suicida”, buen texto, pero que pertenece a una obra explícitamente titulada El suicida, libro de ensayos). Todo en Reyes –su temperamento, su amplia curiosidad, su gusto por la conversación, su capacidad de observación, su aguda conciencia del yo– se conjugaba para hacer de él un maestro del ensayo. Lo fue, y es el patriarca indiscutible del género en México, pero algo impidió que nos diera ahí un libro definitivo, su esperada obra maestra. Nadie como él en la literatura mexicana ha estado dotado para escribir unos Ensayos, pero para ello, como exigía y llevó a cabo Montaigne, hubiera hecho falta desnudarse entero y mostrarse sin recato, y a Reyes le sobraban pudor y discreción. No lo hizo. Sin embargo, es en sus ensayos (no reunidos en un solo libro, dispersos en todos, y que lo mismo tratan de ética, que de Góngora o de cómo comprar jamón) donde está el mejor Reyes, pero hay que ir a buscarlo, casi diría yo, personalmente –lo que vale la pena en materia de ensayo ocurre personalmente o no ocurre– para dar con esas páginas, esos párrafos, e ir armando así nuestro propio Reyes, que ninguna antología nos puede entregar completo (en esta, por supuesto, hay buenos ejemplos, aunque el ensayo de crítica literaria esté sobrerrepresentado, a costa del ensayo a secas). No le hacemos un favor, por cierto, reimprimiendo una y otra vez los mismos textos (entre ellos, ninguno más abusado que la modesta “Visión de Anahuac”, a la que increíblemente se pretende hacer pasar por su obra maestra), postulando siempre el mismo canon. Llama la atención que Garciadiego, en el prólogo, declare que uno de los objetivos del libro es que Reyes sea “leído por los mexicanos del siglo XXI, especialmente por sus jóvenes” (p. 17). ¿En verdad creerá alguien que con textos como “Glosa de mi tierra”, “Silueta del indio Jesús” u “Homilía por la cultura” un joven del siglo XXI va a interesarse en Reyes (y no hablo de la juventud, en general, más bien analfabeta, sino del escaso porcentaje de jóvenes lectores)? A Reyes le urge una relectura que proponga un escritor distinto al anquilosado por la inercia crítica. No hace falta inventárselo: ese escritor existe, pero para revelarlo hace falta salir de los lugares comunes (rebuscar en Calendario, El cazador, Entre libros, A lápiz, Tren de ondas, entre otros). Al futuro, y de preferencia joven,  antólogo de Reyes, le propongo un título: Alfonso Reyes. Una antología alternativa. Esta deberá comenzar por excluir la “Cartilla moral”, “Visión de Anáhuac”, “La cena”, etc., y se centrará en textos no antologados previamente.

          El destino de Alfonso Reyes fue encarnar –como probablemente nadie en México lo había hecho antes ni lo ha hecho después– a esa especie hoy casi extinta, el hombre de letras, aquella figura que parece personificar la tradición literaria y que todo lo que toca lo vuelve literatura mediante el dominio de la forma (en donde radica, como ha señalado Gabriel Zaid, su verdadera trascendencia). Borges y Paz –herederos suyos que en muchos sentidos lo rebasaron, pero que no habrían podido ser lo que fueron sin su ejemplo– lo supieron ver. El primero, escribió: “Reyes es hoy el primer hombre de letras de nuestra América. No digo el primer ensayista, el primer narrador, el primer poeta; digo el primer hombre de letras, que es decir el primer escritor y el primer lector. Menos que un individuo, es ya un arquetipo”; el segundo, en El laberinto de la soledad, dijo lo mismo con otras palabras: “Reyes es un hombre para quien la literatura es algo más que una vocación o un destino: una religión… Poeta, crítico y ensayista, es el Literato: el minero, el artífice, el peón, el jardinero, el amante y el sacerdote de las palabras”. Eso precisamente es Reyes, el arquetipo del literato u hombre de letras: “Alfonso Reyes o de lo literario”.

      Y vuelvo, para terminar, al asunto del refinamiento del que hablaba Hiriart. Como el más exquisitamente literario de nuestros autores, la apreciación cabal de Reyes requiere, así sea en potencia, un temperamento tan literario como el suyo y este es inevitablemente minoritario (de aquí que todos los piadosos intentos de hacer de Reyes un autor popular estén condenados al fracaso; repito, la apreciación cabal, profunda, no la comprensión y el goce de un texto aislado, que es perfectamente posible). Ha perdurado y perdurará, en tanto haya lectores literarios como él y el modelo del hombre de letras que representó no acabe de ser una curiosidad de museo. Sus devotos no serán legión: no hace falta. En efecto, como escribió Andrew Lang sobre Gautier: “He is known of his own”.

  • Sebastián Pineda says:

    Muy buena reseña de esa antología “seleccionada” por Garciaediego. Hay dos Reyes: el institucional y el escritor como tal. Este último hay que verlo en los textos que escribió en España ente 1914 y 1924 fundamentalmente. Por lo demás, la cuestión planteada por Hugo Iriart es un poco injusta.
    Saludos,

COMENTARIOS


You can use these tags: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>