Literatura

Leopoldo María Panero, Acerca de un posible testamento, Huerga & Fierro, Madrid, 2016, 182 pp.


Carmen Fernández Lasquetty

Seis días después de la muerte de uno de los poetas malditos españoles por excelencia, Leopoldo María Panero, apareció un pequeño baúl de madera que el poeta había entregado a una persona que prefirió permanecer en el anonimato con la frase: “tíralas o quédatelas, haz lo que quieras”. Dicho baúl contenía un libro de Zacarías Custodio, numerosos artículos de periódico acerca del propio Panero, documentos psiquiátricos de diversos sanatorios y varios cuadernos en los que se hallaban (dijo la prensa en su momento) algunos textos inéditos del autor. Esta caja había quedado enterrada en el olvido hasta que, finalmente, dos años después Huerga&Fierro ha editado algunos de dichos textos junto con lo que pueden considerarse bocetos de otros que sí vieron la luz (prólogos, traducciones, etc.). El volumen se presenta como una edición enfocada a los lectores asiduos del poeta, resultando casi un homenaje del autor a su propia muerte (algo que, por otra parte, no resultaría extraño viniendo de esta última generación de Paneros). Se trata del colofón final a una producción ingente que, sin embargo, parece más bien una obra de introducción al universo del poeta.

El lector iniciado reconocerá en estos cuarenta y tres textos los guiños a los habituales (Mallarmé, Lacan, Valéry, etc.), las autorreferencias y los ataques contra sus predecesores, coetáneos y cualquier persona, en realidad, un comportamiento harto habitual del autor. Sin embargo, quien no haya leído jamás a Panero se sumergirá de lleno en las manías y obsesiones de este poeta y traductor maldito que nunca deseó que lo maldijeran; el condenado y “desencantado” que aún despierta tanta simpatía como odio.

La obra se abre con una entrevista del autor a sí mismo en la que se sientan las bases de los textos que la suceden: el arrepentimiento del autor por haber hecho que la literatura se acercase tanto a su vida, el rencor hacia todos aquellos que han contribuido a este hecho y la violenta demanda de una aceptación social que jamás llegaría. Los estigmas de Leopoldo María Panero no tienen fin: su nombre, siempre a la sombra del de su padre, su posición política en una España asqueada y rencorosa que no era ni es capaz de superar la Guerra Civil, su locura, y un largo etcétera. Es precisamente esta última la que impregna con mayor fuerza esta obra (y la mayor parte de su poética) probablemente por tratarse de textos escritos en su mayoría durante la estancia del autor en el sanatorio de Mondragón, un infierno, en sus propias palabras.

La locura constituye un problema contradictorio para un autor que trata de razonar con sus lectores y consigo mismo que hasta cierto punto se trata de algo relativo, una cuestión de perspectiva que depende no tanto del loco como de aquellos que lo perciben como tal. La psiquiatría se convierte en el enemigo acérrimo al que perseguir, por ocultar y enterrar los problemas en una caja de madera sellada y condenada al olvido, haciendo la vida del loco un calvario en pro de la tranquilidad de los cuerdos: “Ahora bien: la tapia del manicomio es el lugar del silencio. Plantad cipreses en torno a él, y que el viento mueva las hojas, llamando pedo a un hombre, diciéndole que no ha existido” (p. 64). El psiquiatra es la cara opresora de una sociedad hostil y anticuada. La voz poética y el propio poeta, vinculado irremediablemente a su obra, se convierten así en un antihéroe marginal y rechazado que se identifica a sí mismo con uno de esos borrachos ignorados y despreciables que se sientan en las aceras a insultar a los transeúntes. Amargado, Panero se refugió en la literatura: “es escribir o suicidarse”, comenta él mismo en el texto inicial de la obra. El arte es la única forma de acercarse a ser persona y, por tanto, de obtener el reconocimiento que merece. Leopoldo María Panero manifiesta en estos textos no solo su deseo de aceptación, sino también un profundo conocimiento de su calidad literaria, casi narcisista, puesto que su obra supone su único nexo con una realidad que le ha sido vedada tras las puertas de un sanatorio. Acerca de un posible testamento no solo es un libro para aquellos que ya respetan a este poeta, sino también una llamada de atención, un imperativo dirigido hacia los que lo desconocen. Una voz amarga, casi destruida, que encuentra en su propia decadencia la fuerza para “ofrecer al cielo el dorado excremento y decir solo: leedme, aún estáis a tiempo”.

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