Literatura

Philip Roth, Nemesis, New York, 2010.


Enrique Macari

La polémica no rehúye a Philip Roth. En mayo del 2011, al ser premiado con el “Man Booker International Prize” por el conjunto de su obra, Carmen Callil –fundadora de la editorial feminista Virago que cinco años atrás había publicado las memorias de la ex-esposa de Roth, Claire Bloom, y uno de los tres especialistas que conformaron el jurado del premio– renunció en forma de protesta. Parte de su declaración: “…he goes on and on and on about the same subject in almost every single book. It’s as though he’s sitting on your face and you can’t breath… I don’t rate him as a writer at all”. La observación es justa, pero la conclusión no: todos los lectores de Roth saben que la sentencia de Callil es absolutamente correcta; todos los lectores de Roth saben que, más que una limitación o una deficiencia, esto representa en realidad su mayor virtud. De alguna forma Roth ha estado escribiendo el mismo libro desde siempre: la aparición y reaparición de sus inescapables obsesiones (el deseo masculino, las relaciones entre la vida y la ficción, la paranoia individual y colectiva, la identidad, el fracaso del sueño americano, la culpa y, especialmente en sus últimas novelas, el cuerpo, la enfermedad y la muerte) a lo largo y ancho de su obra parecen sugerir la existencia de un ideal platónico del Libro Rothiano del cual cada obra particular sería una aproximación más o menos feliz. Y a los seguidores de Roth los complacerá constatar que Nemesis, obra que cierra el ciclo de novelas cortas Nemeses publicada a los setenta y seis años de su autor, es una aproximación no poco afortunada.

El protagonista de Nemesis es Eugene “Bucky” Cantor, el joven de veintitrés años encargado de dirigir y supervisar el patio de recreo para jóvenes y niños de la comunidad judía de Weequahic, Newark, en el verano de 1944. Bucky –Mr. Cantor, como es llamado por los niños­– es un personaje típicamente rothiano (vigoroso, decidido, poseedor de una “gusty, spirited, strong-willed fortitude”) en todos los aspectos excepto en uno: la ausencia en él de ironía, que lo lleva, al menos al inicio del libro, a mantener relaciones de absoluta seriedad con los conceptos del “deber” y la “responsabilidad” que la figura colosal de su abuelo –encargado de su educación después de la muerte de su madre durante el parto y el posterior encarcelamiento de su padre– le ha transmitido. En las primeras páginas nos enteramos de que Bucky es un joven con profundos sentimientos de culpa y vergüenza precisamente porque, a causa de su visión deficiente (única carencia en un cuerpo que, por lo demás, parece estar ensamblado específicamente para el quehacer físico), fue rechazado por el Ejército, la Marina y la Guardia Costera al inicio de la intervención norteamericana en la Segunda Guerra Mundial, viéndose así imposibilitado para cumplir con su deber patriótico. Tres años después, sin embargo, una nueva oportunidad para cumplir con su deber se presenta con el surgimiento de una epidemia de polio que empieza a causar estragos entre la población infantil de la que Bucky, por más de la mitad del día, es responsable. A partir de estos dos elementos –el personaje de Bucky y la problemática de la polio– Roth desarrollará una escalofriante fábula sobre las posibilidades del individuo y sobre el papel que la contingencia y el azar juegan en toda vida.

Desde las primeras páginas uno comprende por qué Roth ha elegido una epidemia de Polio para cerrar el ciclo de Nemeses, conformado además por Everyman (2006), Indignation (2008) y The Humbling (2009). No se ha remarcado lo suficiente, posiblemente a causa del robusto sentido del humor y la ironía que permea toda la obra previa de Roth, el carácter profundamente pesimista de ésta. Un pesimista tan cabal no aparecía en las letras norteamericanas desde William Faulkner. El ciclo de Nemeses es la culminación de este pesimismo. Aquí Roth abandona la última premisa de un mundo racional: la causalidad. En Everyman, el protagonista anónimo de la novela cuestiona incansablemente cómo las decisiones tomadas a lo largo de su vida pudieron haberlo llevado a una vejez solitaria y miserable; en Indignation, la trágica muerte de Marcus Messner en la guerra de Corea –acribillado por una bayoneta hasta que sus intestinos y sus genitales han prácticamente desaparecido– es la consecuencia desaforada y absurda del “Fuck you!” que Marcus dirige al decano de su universidad; en The Humbling, la serie de eventos que desembocará en el suicidio del célebre actor de teatro Simon Axler es desencadenada por la desaparición misteriosa e inexplicable de sus capacidades histriónicas. Que lo que sucede sucede por una razón, que un individuo puede comprender  por qué su existencia se ha desarrollado de la forma en la que lo ha hecho, que vivir consiste en el encadenamiento lógico y coherente de causas y efectos, actos y consecuencias, parecen ser hipótesis demasiado optimistas que los últimos libros de Roth se proponen demostrar absurdas. Y una epidemia de Polio en el Newark de 1944 –cuando no existía cura aún y se ignoraba el modo de contagio, cuando se desconocía todo sobre esta enfermedad– encarna en su forma más brutal y manifiesta este sinsentido: “Polio –or infantile paralysis, as it was called when the disease was thought to infect mainly toddlers– could befall anyone, for no apparent reason”. Las dos primeras víctimas de la comunidad infantil de Weequahic enseñarán a Bucky Cantor que no hay nada más arbitrario que la tragedia: Herbie Steinmark, “chubby, clumsy”, y Alan Michaels, “among the two or three best athletes on the playground”. Némesis, la diosa griega encargada de distribuir la felicidad y la desgracia entre los hombres, es en la cosmogonía rothiana una diosa gobernada únicamente por el capricho.

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